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Jet lag 

El jet lag aparece cuando crees que eres inmune, golpea tu sueño con un derechazo y te deja en vigilia, da igual los trucos que hagas, si has cruzado el Pacífico o tal vez el Atlántico.Te consuelas con un libro, llenas la taza de café, pones un poco de (o mucho) café en una taza y te dedicas a pasar páginas, como pasas los recuerdos de la ciudad inerme a tu retina y paseos.


Todo parece más lóbrego cuando es la madrugada y el sueño no viene en tu rescate o a tu condena.

Terminar un viaje suele dar descanso y paz, pero cuando llevo varias semanas quieta me viene la ansiedad de que no debería estar quieta, que hay mucho que visitar.

Ahora mismo echo de menos la biblioteca con Wi-Fi decente, los asiáticos no muy pulcros, las tazas de café enorme, el skyline de noche que tiene la magia de atraparte. La soledad de una ciudad tan grande te atrapa y nadie parece conocer a nadie, la soledad de conocer todo y nada, la insignificancia ante la historia, las pizzas a un euro, las barras a precio desorbitado, pero whiskies en bares con demasiados deprimidos por 3 pavos, las calles saturadas y mentes contrariadas. Lo cerca que está la riqueza de la pobreza, el perderse y el encontrarse.
Lo echo de menos, como puedo echar de menos otras ciudades que me ven diez días y luego las abandono con un poco de desenfreno pero con veneración.
Van Morrison suena de mis cascos, el café siempre frío y los ruidos de la calle, una ciudad que nunca está en silencio completo, mi ciudad ni de madrugada guarda silencio.

Despertará la ciudad y yo estaré tecleando igual, ya no suena Van Morrison y me paso a Bob Dylan o tal vez me quede buscando las palabras que llevan tiempo rondando mi cabeza pero evitando mis teclas y desvaneciéndose cuando me dispongo a escribir algo útil.


Igual perdí en el último avión mi inspiración y la cambié por un cansancio ímprobo.

Espero que siempre haya una ciudad que me espere con los brazos abiertos, tanto por descubrir, mucho más por escribir. Tengo mucho que hacer y mucho tiempo aún.
Por eso mientras leo, escribo y tomo sorbos de café, mi cabeza está también pensando ¿cuándo y dónde nos iremos?
Y aun no clarea, varias estrellas centelleantes destacan en el oscuro cielo. Mi sueño esta subterráneo entre la emoción de la lectura, el aturdimiento del horario cambiado y el cansancio de los diferentes asientos.
Pero es hora de apagar, que hay ciudades que nunca duermen pero en la mía, al final… siempre dormirnos.

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